Ilusión o obsesión

Una niña puede recibir su primera muñeca en los primeros meses de vida y desde ahí empieza un entrenamiento a ser mamá y un condicionamiento social a ocupar ese rol en un futuro, los niños copian los comportamientos que ven en los adultos y los adultos enseñan a vivir. La maternidad como instinto natural se ve reforzado con el entorno, desde los juegos infantiles, los roles que ocupa y sus referentes sociales.

Cuando la niña se hace adulta de manera más o menos consciente pone a trabajar todo la experiencia pasada y se pone en marcha el rol de ser mamá: pero ¿qué ocurre si no puede serlo?, ¿si ese momento no llega?, ¿qué ocurre si tras unos meses o años de búsqueda despreocupada no llega el ansiado embarazo?… la intuición de que algo es diferente en ella, de que no “se queda” como sus amigas, de que algo va mal, le lleva a la consulta del ginecólogo y,- tras pocos o muchos meses de analíticas y pruebas-, a un diagnóstico: infertilidad.  Es una experiencia para la que nadie la ha preparado y el miedo a la desconocido es un factor común.

Conseguir tener un hijo siempre provoca un cierto impacto emocional, que puede ser mayor o menor en función de las expectativas depositadas y de los recursos personales de cada uno;  algunas mujeres son capaces de minimizarlo, otras pierden la estabilidad y su vida se ve muy afectada.

No se puede generalizar porque cada persona es única y de hecho intervienen muchos factores,  la importancia de la maternidad para cada mujer, el tiempo que transcurre desde que empieza a buscar el embarazo, la edad, la causa de la infertilidad, la presión que recibe del entorno, el estilo de afrontamiento de los problemas en su vida habitual, el apoyo que recibe de su pareja… la lista sería interminable. El problema empieza cuando la ilusión de ser madre se ve poco a poco eclipsada por la obsesión de ser madre, sólo se ven embarazadas, bebés y cochecitos, todas las mujeres son fértiles menos ellas. Todas pueden y ella no. Se pierde la perspectiva racional y se entra en un bucle emocional sin fin. Se pierden las amigas que ya son madres, el ocio que se realiza con niños, el sexo por placer… se pierden todas las facetas de la vida que no son: “ser madre”.

Esta situación genera una ansiedad en la mujer y en la pareja que le impide avanzar con libertad y si bien un buen estado emocional no va a variar un el resultado de un tratamiento de fertilidad sí puede ayudar a sobrellevar  el proceso de una forma más natural y menos traumática.

El apoyo psicológico pasa por establecer otros objetivos (personales y de pareja), controlar el tiempo dedicado de su vida diaria a los pensamientos de maternidad y limitarlo, identificar y reconocer los cambios de hábitos, recordar sus sueños antes del diagnóstico de infertilidad, las actividades de ocio relegadas… desfocalizar la vida de la mujer del tema que tanto daño le hace y hacerle recuperar la perspectiva.

En cualquier caso es importante que la mujer o las personas que la rodean sea capaz de darse cuenta de su situación y pedir ayuda para gestionar y manejar sus emociones.